EL MAESTRO EVALUADO…Y MÁS DEVALUADO

profe cansado +Reflexiones desde mi tiza

Joaquín Moreno Cejuela

El cazador, cazado y el maestro evaluado. ¿Por qué no? Un informe de la OCDE asegura que en España sólo se evalúa a los docentes para el acceso a los centros públicos. Dicen que en la mayoría de los países que la componen, se les aplican pruebas  que, si no las superan, incide en su salario, deben mejorar su formación y volver a examinarse, incluso, algunos pierden su puesto de trabajo. 

            Se refieren a controles “oficiales”. Pero a los maestros en España ya nos evalúan, con todo rigor: los alumnos, los padres, los departamentos, también los equipos directivos y los inspectores. Se suman con su juicio crítico, los colectivos sociales, los medios de comunicación y hasta los políticos. En el mercado y en el autobús, en la sala de espera del dentista y en la peluquería. ¿Quién no da un repaso en este país a los maestros por sus notas, sus deberes, sus métodos, y ya casi olvidado, por sus castigos? Todos llevamos un sesudo evaluador dentro, aunque no sea “oficial”.

            En toda profesión es necesaria una formación permanente y una revisión de resultados. Es justo que la competencia y la eficacia se incentiven, tanto con la remuneración adecuada, como con un reconocimiento profesional. En la educación, también. Aquí el problema es: quién, cómo, cuándo y qué se evalúa. Si el fracaso persiste, ¿quién evalúa al evaluador?

            Son tantos los elementos que inciden e intervienen en la coctelera del proceso educativo, que se carece de criterios objetivos puros en la evaluación. Los resultados académicos de los alumnos no pueden ser determinantes. Existen diferentes niveles sociales en un variado reparto geográfico, con diversa trayectoria y metodología en cursos anteriores, y un largo etcétera, incluyendo los 17 sistemas educativos reinantes en España,  que derivan en resultados dispares no achacables, únicamente, a la competencia del profesor.

            Muchos demandamos una formación permanente del profesorado que no deja de ser, sólo, una herramienta más, pero la materia prima, que es el alumno, con toda su peculiar carga personal, condiciona notablemente el proceso educativo. Cuántos profesionales laureados con numerosos doctorados y másteres, carecen del instinto pedagógico para sintonizar con el alumnado. Tampoco las leyes educativas, ya van seis en el periodo democrático, que son fruto de los políticos, no del profesorado al que ahora se quiere examinar, han servido para aliviar la carga del fracaso escolar.

            Al acabar el día, me sacudiré las manos manchadas de tiza y entre la nube de polvo que desprenden, pensaré en crecer en mi formación para mejor conectar y atender a mis alumnos. Dejaré que otros monten leyes y tribunales de sabios que me examinen, mientras me afano cada día para que la educación, aunque se evalúe, por mí, no se devalúe aún más.

Joaquín Moreno Cejuela

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