LA ESCUELA VIGILADA

abbREFLEXIONES DESDE MI TIZA

Joaquín Moreno Cejuela

Problema resuelto. El instituto de la Seu d´Urgell que anunció vigilar las aulas mediante una cámara, por considerar que algunos alumnos eran conflictivos, ya la ha retirado. Se apagaron las voces escandalizadas ante tal atropello, pero aún se perciben de fondo los melodiosos arpegios de lira que algunos periódicos dedicaron a esta noticia, reclamando una escuela celestial, en paz, armonía, convivencia y fraternidad…

            Es preocupante que el entorno educativo salga en los medios, una vez más, no por sus éxitos sino por sus miserias. Se ha puesto el acento, interesadamente, en el derecho a la intimidad, en la no criminalización del estudiante, en no convertir el colegio en un centro penitenciario… Esto nadie lo quiere, no es lo deseable y menos en la escuela. Las cámaras nos acompañan en el recorrido diario, desde el ascensor de casa, hasta el autobús, en el centro comercial, en el parque y en la carretera. Dan seguridad. Tienen un fin disuasorio y, en muchos casos, probatorio. El problema no existe en una imagen grabada, sino en el uso legal permitido para esa información. En casos excepcionales se autoriza, incluso, en la escuela.

            La perturbación y violencia dentro de las aulas, cada vez son más frecuentes y ya dejan de ser extraordinarias. La indisciplina en algunos centros, con determinados alumnos ha superado la línea de lo tolerable. Los voceros de una escuela angelical, dicen que se prescinde de las herramientas formativas y disciplinarias para sustituirlas por otras relacionadas con la actividad policial: “algo habrán hecho los profesores para que esos alumnos se comporten así”. Para algunos, el profesor es el origen del mal colegial. Todos sabemos que las medidas disciplinarias tan eficaces, a veces, se han difuminado entre las permisivas y sucesivas leyes educativas.

            El problema de fondo es el notable crecimiento de alumnos “objetores de la educación” que aprovechan y utilizan su estancia en las aulas para distorsionar, reiteradamente, la serenidad necesaria en la docencia. Un cierto grado de indisciplina es consustancial y admisible en el entorno escolar. La extorsión, la humillación y el descaro, no. Es necesario salir en defensa, no sólo de la intimidad del alumno grabado, sino también del derecho a aprender, a ser educados y formados que asiste al resto de compañeros. Por ellos nadie hace un editorial periodístico. Incluimos también,  el derecho a un trabajo gratificante para el profesor.

         Es hora de poner en duda la conveniencia de seguir manteniendo una educación obligatoria, incluso, para los opositores contumaces. Para salvaguardar el legítimo derecho de todos a formarse, sería deseable proponer soluciones alternativas para los que no quieren ni dejan que otros aprendan.

            Al acabar el día, me sacudiré las manos manchadas de tiza y entre la nube de polvo que desprenden, pensaré en que sólo sean mis ojos la única cámara que contemple una escuela activa y serena que crece en el respeto y la tolerancia.

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